Hay días en que es mejor no levantarse de la cama

NOTA.
Es recomendable leerse primero el post:
- Todo esto es muy raro.

Hacía varias horas que las chicas se fueron y todavía no habían dado señales de ningún tipo. También hacía un buen rato que Doc y yo salimos del holograma y estábamos tranquilamente sentados en aquel muelle. Mejor dicho, yo estaba absorto mirando el techo (por puro aburrimiento) mientras que mi docto compañero se entretenía con alguno de sus juguetes, como a él le gustaba llamarlos.

El aburrimiento me estaba matando por momentos. Daba vueltas en el hangar mientras pensaba que podía hacer para que el tiempo pasara más deprisa. Se me ocurrió echar un vistazo a todos los objetos y herramientas que había repartidos por el hangar pero como todo estaba impoluto y ordenado, me daba vergüenza cotillear aquellos instrumentos y piezas, no fuera que activase algún dispositivo sin querer y tuviéramos que salir corriendo de allí. Por otro lado, R6 seguía cerca de Doc como su fiel amigo, no podía saber si lo estaba observando o esperaba órdenes para trabajar.

De vez en cuando, mi curiosidad podía con mi fuerza de voluntad, me acercaba a Doc y observaba, aunque no entendiera nada, que hacía con todos aquellos artilugios. Había momentos en que debía contener mi risa por las muecas que él mostraba, otras por los golpes que propinaba al objeto que estaba manipulando y otras, sencillamente por el rostro de desilusión que decía que algo había hecho mal para que no funcionase. Al instante lanzaba al suelo el aparato para seguidamente coger otro y empezar de nuevo.

A veces pensaba que esos rostros burlones los hacía expresamente para que yo me entretuviera durante esas horas en que Anaïs y Vera estaban fuera. Otras, me hacía dudar en cómo una especie tan evolucionada podía parecerse tan a nosotros. Quiero decir que podían perfectamente pasar por humano. Pensándolo un poco, era posible que nos hubieran estudiado para desenvolverse como otra persona más sin llamar la atención. Incluso a mi me tienen confundido, sólo recordar la primera vez que vi a Anaïs…

Entonces fue cuando tanto Doc como yo oímos un ruido de fondo, como si fuera un petardo a mucha distancia. Recordé que no eran fechas para celebrar ninguna festividad, ni tan siquiera un partido de fútbol, por lo tanto no le di más importancia.  Me volví para continuar observando los gestos de Doc y lo que tramaba con aquello que lo mantenía concentrado. Algunas veces recogía el objeto que tiró al suelo con anterioridad y le extraía las piezas que necesitaba para ponérselas al nuevo diseño; supongo que no le gustaba tener el diseño obsoleto en su mesa, dado que siempre que lo recogía volvía a tirar al suelo. No podía evitar reír pensando en cómo trataba sus propios diseños. O sabía perfectamente que las piezas eran resistentes o no le importaba en absoluto. Sea como fuere, cuando más tiempo pasaba con él, más firmemente creía que estaba loco. Por no decir que si diseñó a R6 de la misma manera, no me extrañaría que en cualquier momento tuviera un cortocircuito, o un chispazo y cayera frito al suelo.

A continuación abrí los ojos, lo primero que vi era una pared blanca, tardé un buen rato en ubicarme y saber que estaba tumbado, por no decir que no entendía nada. Lo que recordaba era que estaba en el muelle con Doc y ahora aquí rodeado de paredes blancas y con un ligero mareo. Ese mareo se incrementó al incorporarme, sentándome en el borde de aquella especie de cubo también de color blanco. Puse mis manos en mi cabeza y apoyé los codos en mis rodillas como si pudiera sujetarme el cerebro y así dejara de darme vueltas. Que ingenuo.

- Daniel, al fin despierto – dijo una voz familiar. Volví la cabeza en dirección a la voz y descubrí que Doc también estaba allí, sentado en un cubo idéntico al mío con su espalda y cabeza apoyada en la pared mientras miraba al techo.

- Doc, no entiendo nada. ¿Dónde estamos? ¿Es este uno de tus hologramas? – moví mi cabeza observando el lugar, mientras el mareo no cesaba, e intentando averiguar dónde estábamos.

Era una sala de unos diez por diez metros, todas y cada una de las paredes blancas exceptuando una, la que tenía enfrente de mí. No había pared y daba la impresión de ser un pasillo perpendicular a la sala dónde estábamos o quizás era otra sala, no estaba muy seguro. Y a parte de los cubos dónde estábamos sentados,  que daba la impresión de ser literas, no había nada más.

- Lamentablemente no, nos han capturado y la verdad es que no estoy muy seguro de cómo lo han hecho. – suspiró – Y no te aconsejo acercarte a la entrada de esta sala, lo hice antes y recibí una descarga que me dejó atontado y tirado en el suelo durante un buen rato.

- ¿Tienes idea de quién nos ha capturado?

- Los humanos seguro que no, no disponen de tal tecnología no letal. Y sabiendo el pasado de Vera y Anaïs… – Doc volvió a suspirar – no dudaría que esta maniobra fuera de los Anis.

- Entonces, ¿qué podemos hacer? – pregunté mientras mi corazón latía cada vez con más celeridad.

- Llorar como un par de niños asustados o como un par de nenazas. Creo que es así como los humanos os gusta expresaros.

Estuve mirando a Doc no sé cuánto tiempo, en cierta manera de manera confusa, pero lo que podía asegurar era que los de su raza se lo tomaban todo a cachondeo. Me miraba con esa sonrisa burlona en su rostro, esa expresión facial que me enervaba hasta tal extremo que iba a explotar de rabia y darle un puñetazo en la boca para borrarle su estúpida sonrisa. No obstante preferí tomar otra opción.

- Menudo capullo estás hecho. Tus bromas y tu sonrisa estúpida no nos ayudarán en la situación que nos encontramos que, por si no quieres darte cuenta, estamos encerrados.

- ¡Ah Daniel! Sois una especie joven, todavía hay mucho por aprender. Vosotros tenéis una expresión que dice así: “La paciencia es una virtud”. Estamos vivos, eso significa que todavía nos necesitan, por lo tanto tenemos una oportunidad para salir de aquí. Es más, deberías aprender a disfrutar de los placeres de la vida. ¡Tenemos alojamiento gratis! Aunque no sabemos a qué hora servirán los aperitivos. – A continuación Doc miró la entrada de la celda como si quisiera acercarse y preguntárselo a alguien.

Cada vez que hablaba con él entendía menos la situación, mi vida se volvía un infierno a medida que pasaban las horas y a él sólo le preocupaba su estómago. Bajé la vista al suelo y suspiré, apreté mis manos contra el borde de la cama con todas mis fuerzas creyendo que así ahogaría mi rabia y frustración.

Maldita Anaïs colándose en mi piso en plena noche. ¡Oh! Mi piso. La puerta destrozada y mi comedor lleno de esa pasta viscosa y blanquecina; si salimos de esta seguro que voy a ser el pringado de turno que lo limpiará todo. Y arreglar la puerta costará un dineral. Sin pensar en los ladrones que hayan podido entrar y robarme lo poco que tengo.

Hay días en que es mejor no levantarse de la cama.

Todo esto es muy raro

NOTA.
Es recomendable leerse primero el post:
- El agua clara y el chocolate espeso

Tiempo atrás, antes de desertar, mi misión como Anis era ser una simple soldado raso: cumplir órdenes sin cuestionarlas. Aceptaba sus creencias, pensaba igual que ellos y no dudaba en ejecutar las instrucciones encomendadas, hasta que llegó el día.

Aquella niña… aquella inocente muchacha de tan sólo 13 años de edad (se llamaba Christine), fue acusada de pertenecer a la facción rebelde por facilitarles información. ¿Cómo era posible? Sólo era una cría, sus padres no tuvieron ninguna oportunidad de defenderla; los Anis la arrancaron de los brazos de su madre mientras la niña lloraba. Cuando terminó el proceso de Finalización, entonces y sólo entonces, dejó de oírse sus llantos. Lo sé porque fui la responsable de su detención y proceso de Finalización.

Aquel día algo despertó dentro de mí, o quizás podría decir que abrí los ojos porque aquel sentimiento me atormentaba día y noche. No dormía, tampoco comía, pasaban las semanas y seguía sin saber que me ocurría hasta que empecé a tener pesadillas, siempre soñaba lo mismo. Christine cuando la arrebaté de los brazos de su madre, eso una noche; otra noche soñaba su Finalización, sus gritos.

Desde entonces cada acción, cada decisión la cuestionaba; mis compañeros dudaban de mi fe, incluso un día que no estaba de servicio, mi hermana me llamó para hablar en su casa en privado.

Me advirtió que los compañeros hablaban de mí, que no era yo misma e incluso había rumores que decían que yo era una rebelde. Entonces se lo conté todo a mi hermana Vera, desde el día en que Finalicé a la niña, mis pesadillas, mis estados de ánimo, todas y cada una de mis dudas sobre las actuaciones de los Anis.

Mi hermana, mi propia sangre dudaba de mí. Al principio la veía nerviosa recorriendo el salón de su casa pensando que me sucedía, si me había golpeado la cabeza o si me habían lavado el cerebro. Me recordó el juramento cuando nos alistamos, todo lo que vivimos, las condecoraciones por las misiones cumplidas, las guerras libradas. Todo.

Al cabo de un rato se sentó a mi lado mirándome a los ojos sin saber que decir o pensar mientras estos sujetaban firmemente unas lágrimas que iban, tarde o temprano, a sucumbir ante la gravedad. Finalmente me confesó que ella levaba mucho tiempo dudando de los fines de los Anis, pero no quería levantar sospechas y menos a su propia hermana porque la veía convencida y firmemente creyente en ellos.

Me sorprendieron sus palabras, nunca me lo hubiera imaginado.

Mientras recordaba el pasado no me percaté que había llegado a mi destino. En las afueras de la ciudad había la única mansión abandonada que se caía a trozos, era el lugar perfecto para que los Anis instalasen su base de operaciones, así que me dirigí allí. Pero había que hacerlo con mucho tacto, porque habían puesto precio a nuestras cabezas, tanto a la de mi hermana como a la mía, por haber desertado. La idea era mantener las distancias e inspeccionar el terreno.

- Que tranquilo está todo, demasiado para mi gusto. Creo que nos están esperando -. Dije sabiendo que Vera me había seguido y estaba detrás de mí.

- Pues si nos esperan no los defraudemos -.

- ¿Estás loca? -.

- ¿Qué ocurre, no puedo hacer un poco de ejercicio? -. Noté el tono burlón de sus palabras, la conocía tan bien que no necesitaba mirarla a la cara para saber que estaría sonriendo.

- Bien, sabemos lo que buscamos (el descodificador) y probablemente esté ahí dentro, pero no sabemos exactamente dónde y menos la distribución de la casa -.

- Eso déjamelo a mí, hermanita. Tengo un precioso juguetito que me preparó Doc -. Sacó una caja pequeña de color negro, la puso en el suelo y la abrió como si fuera un libro. En un lado había una pantalla y en el otro contenía una especie de insecto mecánico y un objeto parecido a una chapa de metal que Vera se la colocó en el lateral de la sien.

- ¿Vas a explicarme que es todo esto? -. Conocía perfectamente la funcionalidad de ese objeto, era un invento de los Anis, pero aquel insecto mecánico era diferente de los que había visto anteriormente; físicamente parecía más grande.

- Por supuesto. Esta libélula la robé antes de desertar y se la entregué a Doc para que la pudiera estudiar y sacarle provecho para nuestro uso. Y así hizo. Lo que tienes delante es la versión mejorada de la libélula espía -.

- Me parece estupendo pero, ¿Exactamente qué hace? -.

- A parte de poder controlarla telepáticamente y ver a través del insecto por la pantalla que hay en la caja, también puede tele-transportar objetos pequeños. Eso sí, es tal la cantidad de energía que consume para ese fin que sus circuitos terminan por quemarse -.

Me quedé sorprendida, Doc se superaba a sí mismo con cada invento.

- ¿Qué tamaño puede tele-transportar la libélula? -. Era mi mayor temor, el miedo a que no pudiera con las dimensiones del descodificador.

- No te preocupes, si esta libélula no puede, entramos y nos lo llevamos a la fuerza -. Como siempre mi hermana alardeaba con su humor negro, aunque a veces dudaba de su convicción y firmeza, ella se preparaba para poner en funcionamiento aquel insecto mecánico.

- Vera, ten presente que no sabemos cómo es la distribución dentro de esa casa, ni tan siquiera sabemos si usan un holograma para ampliar el espacio en su interior -. No entendía porque seguía hablándole a mi hermana sabiendo que cuando se le ponía algo entre ceja y ceja, no escuchaba. Aunque tal vez y dada la gravedad de la situación, podría convencerla de ser más precavida y encontrar una forma de no ser tan escandalosa.

Su idea era, como dice el dicho, de matar moscas a cañonazos si el plan original fallaba, y dadas las circunstancias, estábamos en inferioridad; era un pequeño detalle que me inquietaba aunque a mi hermana le daba absolutamente igual.

- Vamos, empieza el espectáculo -. Dijo Vera mientras al mismo tiempo me recorría un escalofrío por toda mi espalda.

Mi hermana se quedó mirando fijamente a la libélula cuando al cabo de unos pocos segundos esta empezó a moverse; salió de la caja y de un salto voló en dirección a la casa. Entonces fue cuando miramos la pantalla y vimos a través de los ojos del insecto, como se acercaba al edificio y se colaba por una ventana abierta que daba al tenebroso interior.

Desde fuera daba la sensación que el interior de la casa estaba totalmente oscuro, pero la verdad es que es un efecto óptico generado por un suave campo de gravedad que distorsionaba la visión. De esta manera se camuflan en el interior de los edificios sin ser descubiertos.

Tal cual entró la libélula, vimos por la pantalla un resplandor que no dejó ver nada por la pantalla, al cabo de unos segundos, cuando recuperamos la visión, nos dimos cuenta que el insecto chocaba contra algo y además se movía; al apartar el robot para tener una imagen más amplia de lo que sucedía, nos asustamos al ver que había chocado contra la espalda de un soldado y además el militar se dio la vuelta para agredir el insecto con la culata de su arma. No dio tiempo suficiente para esquivar el golpe haciendo que la libélula saliera despedida golpeándose contra el suelo.

- Vera, mueve el insecto ¡Sácalo de ahí! -. Dije a mi hermana con un tono de voz claramente estresado.

- Eso intento pero no responde -.

- Cómo se den cuenta que es no es un insecto de verdad, tendremos problemas -.

- Por ahora no estás siendo de gran ayuda Anaís, hago lo que puedo para que me obedezca -.

Cuando el soldado empezó a andar hacía el robot, mi hermana consiguió hacerlo reaccionar y emprender el vuelo. Vera ordenó al insecto que ascendiera y se posase sobre la araña de cristal que había en el techo. Desde allí pudimos ver con total impunidad la distribución de aquella casa, dado que el soldado no dio más importancia a lo que él creía que era un insecto sin más.

En cuanto al salón, casi ni se habían molestado en retirar los muebles de la sala de estar, sencillamente habían apartado unos pocos, ubicándolos contra la pared, para poder moverse libremente.

- Aquí no tienen nada, sólo hay apostados varios soldados y a parte está ese portal en la pared -. Afirmó Vera mirando la pantalla mientras ordenaba a la libélula que moviera la cámara por todos los lados para observar mejor la sala de estar.

- Entonces no queda otro remedio que entrar en el portal y buscar el descodificador allí -. Contesté a mi hermana.

- Vale -. Afirmó Vera sin el más mínimo ápice de preocupación. Acto seguido ordenó la libélula que descendiera y entrase por el portal.

El panorama cambió totalmente en el momento que el robot cruzó al otro lado. La sala era enorme, llena de mesas por todos lados, la mayoría estaban ocupadas por científicos; esta era la sala principal, al lado había otra sala donde sólo había soldados, decenas de ellos. Le dije a mi hermana que pensaba que lo mejor sería que el insecto ascendiera a la altura del techo para evitar que nadie lo viera y así aprovechar para buscar el descodificador.

La libélula estuvo un buen rato dando vueltas por la sala principal, dado que la sala contigua sólo era para temas militares: entrenamientos, armas, maniobras…

Un par de veces casi nos descubrieron los científicos, porque el insecto debía de descender para observar mejor alguna de las mesas en donde creíamos que podría estar el objeto que buscábamos, pero no era así. Finalmente y después de más de una hora, lo encontramos.

El descodificador estaba reposando en una estantería, al otro lado de la sala en donde nadie hacia caso de lo que pudiera suceder allí. Entonces, mi hermana totalmente decidida, envió la libélula en su búsqueda para posarla encima del descodificador.

- Ahora es el momento de traer el descodificador -. Susurró Vera felizmente.

- Date prisa, no debemos estar más tiempo por aquí -. Dije a Vera mientras la miraba y observaba como se concentraba.

- Observa la caja, tele-transportaré el decodificador delante de nosotras -.

Al cabo de pocos segundos, vimos como el descodificador aparecía dentro de la caja, entonces sonreí feliz y me puse de pié diciendo a mi hermana que nos machásemos.

- Por cierto Anaís, será mejor que te agaches -. Dijo mi hermana mientras se mantenía a ras de suelo.

- ¿Porqu…? -. Oí una explosión y caí al suelo. Creo que fue la onda expansiva lo que me tiró. Entonces Vera siguió hablando.

- Porque Doc avisó que cuando la libélula se sobrecarga se queman sus circuitos, por ejemplo tele-transportando objetos, y entonces se autodestruye. ¿No te lo había dicho antes? -. Mientras me miraba sacó la lengua en señal de burla.

- ¡Idiota! -. Cuando recuperé el equilibrio le pegué en el brazo, luego miré en dirección a la casa observando trozos de madera cayendo del cielo -. Vámonos antes que use uno de esos insectos contigo -. Subí a mi GSXR 750, Vera se subió a su moto y volvimos al muelle con Doc y Daniel.

El agua clara y el chocolate espeso

NOTA.
Es recomendable leerse primero el post:
- La huida, segunda parte.

Hacía más de media hora que Anaís se fue con la moto. Desde entonces no paraba de andar por todo el edificio dando vueltas de un lado para el otro, intentando controlar mis nervios; mi cabeza pensaba constantemente en aquella sustancia, aquel líquido corriendo por mi cuerpo me hacía sentir sucio. ¡Una cobaya humana! Eso es lo que sentía y aunque nunca me había sucedido nada desde el día en que me lo inyectaron, tenía miedo al pensar que mi día llegaría y pronto. La muerte.

La odiaba. Odiaba a Anaís por haberme clavado aquella aguja, por llevarme como una marioneta a su antojo. Su fuerza y su sensualidad, que combinación tan extraña y efectiva.
Me detuve enfrente del muelle, el que comunicaba el hangar con el puerto por el agua salada. Que agua más turbia y tranquila, casi no se apreciaba el movimiento, ni las ondulaciones. La luna se reflejaba en ella como si mirase directamente en un espejo. Me relajaba.

Al cabo de un rato me di la vuelta, vi a Doc y ese… extraño objeto volador llamado R6 en frente de una mesa. Doc estaba concentrado moviendo las manos de un lado al otro, cogiendo objetos, creo que eran herramientas, nunca antes las había visto.
Pero aquella visión no me distraía de lo que realmente quería. Respuestas. Necesitaba respuestas o me volvería loco. Por eso me dirigí donde estaba él y me detuve frente su mesa.

- Esto… Doc -.
- Dime Daniel -. Contestó levantando la vista y mirándome fijamente.
- Verás, todo ha ocurrido tan rápido que no se que está sucediendo y casi podría afirmar que no se que hago aquí. Decís que tengo algo en el cuerpo y no queréis que me vaya o no me dejáis irme, según como se mire. Y dado que soy yo el conejillo de indias, creo que me merezco una explicación y no seguir tratándome como una… -. Terminé la frase mordiéndome la lengua.
Doc se quedó mirándome unos instantes antes de volver a hablar mientras su ojos estaban clavados en los míos, me estudiaba antes de decidir si ceder a mi súplica.
- De acuerdo, creo que es un buen momento para tomar un descanso, acompáñame -. Respondió Doc mientras se retiraba de la mesa y se dirigía a un rincón despejado de muebles o estanterías –. ¡R6! Activa la proyección holo-física de la cabaña-. Dijo sin mirar atrás en donde estaba ese objeto plateado suspendido en el aire.

Le seguí hasta el rincón cuando de repente mi alrededor empezó a vibrar, mientras nos cubría una especie niebla, Doc parecía totalmente relajado, es más, se dio la vuelta y sonriendo me dijo que estuviera tranquilo que no sucedería nada alarmante y que, además, me encantaría lo que ocurriría una vez terminase aquel espectáculo.
¿Cómo podía llamar a aquello espectáculo? Todo cambiaba, tanto las formas como los colores. El suelo se transformaba en algo borroso y de color marrón, cuando quería darme cuenta, ¡Estaba pisando madera!.
Alcé la vista, las paredes eran de madera, una ventana a un lado y a continuación una puerta. A mi derecha otra pared de madera con un ventanal en forma de semicírculo y siguiendo su forma, un banco en donde descansaba varios cojines de colores muy vivos.

No me podía creer lo que veían mis ojos, estaba dentro de una cabaña. ¿Cómo había llegado allí? Volví a mirar a Doc para preguntarle donde estábamos. Él me respondió que para que yo lo entendiera lo resumiría diciendo que todo lo que veía era producto de un holograma muy complejo. Me invitó a que abriera la puerta y saliéramos fuera a charlar tranquilamente mientras me sonreía cálidamente.

Caminé hasta la puerta, la observé durante un rato, luego miré el pomo mientras le acercaba mi mano lentamente. Me detuve justo antes de coger el pomo volviéndome para mirar a Doc mientras pensaba que se estaría riendo de mí, pero no era así, él seguía sonriendo, no se movía, no hizo ningún gesto ni gesticuló palabra, seguía allí de pie, esperando a que abriera la puerta.
Así lo hice, me volví otra vez  para ver el pomo y lo agarré, sentí ese objeto frío y alargado entre mis dedos, sentí como podía girarlo y abrir la puerta. Cuando salí fuera de la cabaña. Quedé asombrado de las vistas.

Montañas nevadas que nos rodeaban, árboles por todas partes, pinos altos y enormes que alcanzaba en cielo sin problemas y enfrente de nosotros, a unos cien metros, un lago de aguas tranquilas. Me dejé llevar por el paisaje, continué caminando hasta el borde del lago; miré su inmensidad, su apacible y líquido manto que arropaba una gran extensión de terreno. Pero lo que más me llamó la atención fue el cielo; una combinación de verdes y azules, un suave degradado de ambos, además de la visión de varios planetas que eran indescriptibles por su belleza y que cubrían gran parte del firmamento.

- Estos planetas que ves, son parte de la constelación de la Osa Mayor -. Dijo Doc mientras se sentaba en la silla de madera que teníamos al lado y que no había visto antes. Me senté en la otra silla que tenía justo detrás de mí.
- Esto es precioso Doc –. Dije totalmente atónito.
- Gracias Daniel, dime, ¿Qué dudas tienes? –.
- ¿A caso no puedes leerme la mente para conocerlas? –.
- Sí que puedo, pero prefiero que seas tú mismo quien las formule –. Doc volvió a sonreírme al verme sorprendido por no entender porque no quería usar sus habilidades, aún así, no me rezagué y expuse mis dudas.
-¿Vosotros qué o quienes sois? ¿Qué tengo en mi cuerpo? ¿Qué es ese objeto plateado que te sigue a todas partes? ¿Quiénes eran aquellos hombres que nos perseguían cuando estábamos en mi casa? – me detuve unos instantes para pensar –, en resumen, está claro que aquí pasa algo y yo no se nada de nada. Y la verdad, estoy harto.

Enarqué las cejas en señal de querer una respuesta por parte de Doc al ver que tardaba en reaccionar, luego él se volvió mirando el cielo, inspiró y exhaló antes de empezar a hablar.
- Verás Daniel, nosotros venimos de otro planeta, somos una raza no muy diferente de los humanos, me explicaré. Hace siglos, antes que nosotros los Nah’lok existiéramos, otra raza vino a la Tierra y abdujeron a decenas de vosotros, llevándoselos a un planeta deshabitado y rico en recursos naturales. Durante el trayecto hacia ese nuevo planeta nos insertaron el cromosoma veinticuatro en nuestra cadena de ADN. Un par más que el mapa cromosómico de los humanos. En pocas palabras, nos modificaron genéticamente para hacernos más fuertes, inteligentes, rápidos, etc.
Una vez llegamos a nuestro nuevo hogar, sí Daniel, hogar. Se encargaron de traspasar sus conocimientos a todos nosotros, durante mucho tiempo, nos formaban en muchas materias y de manera muy amplia.
Gracias a la formación construimos nuestra propia civilización, evolucionábamos rápidamente; todo era prosperidad y felicidad, fue entonces cuando nuestros creadores se marcharon sin dar ninguna razón -. Doc detuvo su explicación sin motivo aparente.
- ¿Qué sucedió entonces? -. Le pregunté con curiosidad.
- Ah si, perdona Daniel. Como éramos autosuficientes, seguimos con nuestras vidas. Pero no duró muchos años, surgió un grupo extremista que quería deshacerse de sus antepasados humanos, les repugnaba la idea que sus ancestros fueran inferiores a ellos. Intentamos por todos los medios hacerles entrar en razón pero fue en vano. Crearon un pequeño ejército dirigido por la misma mujer que inició la revuelta, ella se hace llamar La Mistress; su mano derecha se llama Wolfy, otra mujer con la misma ideología que la anterior. Y tanto sus soldados como sus seguidores se hacen llamar Los Anis, te cruzaste con alguno de ellos en tu casa -.

- ¿Me estás diciendo que una civilización avanzada es capaz ser violenta para alcanzar sus objetivos? -. Por poco me puse a chillar, no me cabía en la cabeza que una especie tan evolucionada como la suya pudiera volverse agresiva.
- Por desgracia así es Daniel, ni nosotros nos esperábamos aquella situación –.
- ¿Qué hicisteis con la revuelta? -.
- Conseguimos expulsarlos del planeta y al cabo de unos días nos enteramos que montaron una colonia en la misma galaxia. Entonces fue cuando decidimos empezar una carrera militar, si no lo hacíamos, los Anis nos destruirían -. Nos quedamos en silencio largo rato antes que Doc siguiera con su explicación –. Cambiando de tema, el objeto plateado al cual te refieres, es mi ayudante robot modelo R6, hace prácticamente de todo. Además que llevo varios días creando un pequeño sistema de comunicación verbal para instalárselo, dentro de poco tiempo podrás mantener conversaciones -. Sonrió y se quedó en silencio durante unos segundos antes de volver a hablar –. En cuanto a la sustancia que tienes en tu cuerpo, bueno, como te lo explicaría… – miró al suelo mientras tomaba aire por su nariz, sus ojos se movían de un lado hacia el otro, como si buscara las palabras idóneas en lo más profundo de su cerebro – esa sustancia en realidad es un complejo sistema de nano-robots que están destinados a almacenar información. En este caso son planos de todas las bases militares y civiles de los Anis. Que lo tengas en tu cuerpo significa que Anaís no tuvo más remedio que esconderlo -. Terminó su explicación en seco, mirándome con unos ojos vacíos, como si estuviera ausente.

- ¿Entonces, Anaís dónde ha ido? -. Le dije a Doc mientras daba la impresión que él volvía a la realidad.
- Está de camino a una base de los Anis para recoger un aparato capaz de extraerte la sustancia de tu cuerpo. Dado que esa nanotecnología que tienes implantada en tu organismo es de construcción Anis, necesitamos su tecnología para comprender su funcionamiento sin hacer peligrar tu vida -. Respondió una voz detrás de nosotros y tanto Doc como yo nos dimos la vuelta.
- Hola Vera -. Saludó Doc mientras yo observaba aquella escultural mujer rubia de ojos azules, no sabía de donde había salido, pero me recordaba mucho a Anaís.
- Por cierto, llegas tarde, Anaís se fue – Le comentó Doc a la mujer rubia y añadió – Por cierto Daniel, ella es Vera, la hermana de Anaís -. La saludé con la mano sin gesticular ninguna palabra.
- Doc, ya sabes que me gusta hacerme desear -. Dijo Vera mientras reía con malicia, luego se dio la vuelta y se fue.
- ¿A dónde ha ido? -. Le pregunté a Doc.
- A ayudar a Anaís, lo va a necesitar si quiere salir viva de allí.

La huida, segunda parte

NOTA.
Es recomendable leerse primero el post:
- La huida.

Llevábamos más de media hora dando vueltas con el coche y yo empecé a estar tranquilo hacía unos pocos minutos. Después del encuentro de aquellos hombres sentía que mis nervios estaban destrozados.
Eran las once de la noche, no había cenado nada, mi estómago estaba reclamando mi atención.
- ¿Crees que podremos hacer una parada para cenar? No me aguanto del hambre que tengo -. Le pregunté mientras ponía mi mano izquierda en mi barriga, pensando que tal vez así no me dolería tanto.
- Sí, buscaremos un local de comida rápida y nos la llevaremos. Esta noche haremos una visita a un viejo amigo -. Me contestó en un tono alegre y despreocupado. Me contagió su alegría.

 Al cabo de un rato me encontraba dentro del coche comiendo una enorme hamburguesa, saciando mi gula mientras disimulaba la mancha de grasa que había provocado en el asiento de piel. Después de comprar la cena (más bien compré la mía, ella no quiso nada), fuimos directos al puerto, allí nos detuvimos en frente de un muelle. Era lúgubre, oscuro, apenas la lámpara que había encima de aquella enorme persiana metálica podía iluminar alrededor. Al cabo de unos segundos, la persiana empezó a elevarse, enrollándose y recogiéndose a si misma.
La pelirroja aceleró y entramos, acto seguido la persiana bajó, dejándonos encerrados en el interior. Aquel edificio era enorme y estaba prácticamente vacío, sólo había unas pocas mesas al otro lado. A parte de un pequeño canal de agua que se adentraba desde el puerto hacia el interior de la construcción. Seguramente por ahí es por donde entrarían los barcos para repararlos.

El vehículo se detuvo cerca de un hombre, al otro lado del edificio, junto al canal de acceso al muelle. Ambos bajamos del coche y nos dirigimos hacía aquella persona que parecía trabajar en una mesa, totalmente concentrado mientras hablaba como si hubiera alguien más cerca de él. Un extraño objeto metálico y de color plateado estaba suspendido en el aire en frente de él. Nosotros también nos detuvimos enfrente de él y cerca de aquel curioso objeto de superficie lisa y sin ninguna marca visible.

- Hola Anaís, ¿Quién es nuestro invitado? -. Saludó aquel hombre sin levantar la mirada.
- Hola Doc, es Daniel, a quien le inyecté la sustancia hace medio año -. Le contestó tranquilamente mientras aquel extraño objeto metálico se desplazaba hacia el lamborghini y daba vueltas alrededor del coche. Entonces el hombre, levantó la cabeza y miró en dirección al vehículo.
- ¡R6!, analiza el coche, cámbiale la matrícula, anula el sistema de rastreo y hazle una puesta a punto -. Acto seguido, aquel objeto metálico hizo un ruido agudo, se acercó de frente al coche lanzando un rayo verde tan ancho como el vehículo y lo recorrió por todo el capó, lentamente.
- Bueno chaval, acompáñame, vamos a ver que tienes para mi -. Dijo mientras me sonreía, extendió el brazo y con la palma de la mano señalaba, lo que podría ser, una curiosa y oscura silla. Sólo que al sentarme en ella, se empezó a moverse para transformarse en una camilla donde estuve tumbado boca arriba.
Entonces, el hombre llamado Doc, acercó un panel poniéndolo encima de mi pecho tocándolo varias veces. Luego lo cogió con ambas manos y lo movió hacia mi cabeza y después hacia mis pies, recorriendo todo mi cuerpo mientras él lo miraba detenidamente. La mujer (Anaís si no me equivoco), estaba al otro lado de la camilla, no perdía detalle o tenía la mirada perdida, no sabría decirlo con certeza.

- ¿Qué es eso? ¿Qué me estáis haciendo? -. Les pregunté, tal vez me estaban escaneando, pero quería asegurarme.
- Estoy comprobando el estado de la sustancia que te inyectó Anaís hace meses, con el metabolismo de tu cuerpo. En otras palabras. Estudio que le ha sucedido la sustancia en un huésped humano durante un determinado tiempo, sabiendo que no estaba preparada para albergarse en un cuerpo.

- ¿Entonces, que me va a suceder? -. Me sentía asustado, intenté ponerme de pie pero Anaís me sujetó con fuerza, agarrándome por los hombros y manteniéndome encima de la camilla. No quería tener en mi cuerpo aquello que me habían inyectado. Fuera lo que fuera.
- Tranquilízate Daniel -. Me susurró Anaís.
- Es muy fácil decirlo cuando no estás en mi lugar -. Le respondí muy enfadado, por su culpa tenía algo recorriendo mi cuerpo desde hacía mucho tiempo.
- O te relajas o seré yo quien te relaje -. Sus palabras sonaron a ultimátum cuando con una sola mano me clavó en la camilla, mirándome con sus azules ojos y sus rojos cabellos cayendo por encima de su perfecto rostro. Luego advertí como me sacaba la lengua a modo de mueca. La muy condenada se estaba divirtiendo a mi costa.

Doc retiró el panel y se lo puso bajo, luego Anaís retiró su brazo de mi hombro. La camilla volvió a convertirse otra vez en una silla, ambos se pusieron al lado de la mesa, donde Doc dejó el panel y empezaron a hablar.
Aunque no tenía ni idea de otros idiomas, a veces creía entender que hablaban en ruso mezclando palabras en japonés, aún así, la mayor parte de su diálogo creo que era en un lenguaje que no era ni de este planeta.
Me puse de pie y mientras ellos seguían hablando caminé hasta llegar al coche, allí, distraído y triste, miraba aquel curioso objeto plateado (creo que Doc lo llamó R6) que se encontraba a la altura de la matrícula del coche mientras su rayo trabajaba sobre la placa, borrando la numeración y escribiendo una nueva.

Todo chocaba en mi cabeza, ¿Qué pinto yo aquí? ¿Este líquido me matará? ¿Ellos, de dónde salen? Me sentía nervioso y confundido por todo lo que me había pasado hoy, no dejaba de mirar el coche aterrado pensando e intentando entender. ¿A caso sufría alucinaciones? No aguanté más tiempo, decidí subirme al lamborghini y largarme de allí. Sólo pude dar un paso cuando Anaís apareció a mi lado agarrándome del brazo y deteniéndome. Me sobresalté girando la cabeza y mirándola, con los ojos muy abiertos.
- Daniel, tengo que irme, volveré en unas horas. Tú quédate aquí y haz caso a Doc, él te protegerá mientras estoy fuera -. Escuché atentamente a Anaís, pero ni tan siquiera reaccioné.

Ella tampoco dio tiempo a que le contestara, soltó mi brazo y se alejó de mí.
- Doc, cogeré la GSXR 750 -. Dijo Anaís al hombre mientras se desplazaba decidida a un rincón oscuro del edificio.
- De acuerdo, ya sabes donde está -. Le contestó Doc casi gritando para que le oyera mientras ella seguía andando.

Al cabo de unos segundos, Anaís desapareció en la oscuridad. Sus pasos se seguían escuchando. Luego, el silencio, apareció una luz que enfocaba el suelo, se escuchó un sonido, como si se tratase de una moto. Entonces vi como se movía el foco de luz alejándose de mí. Anaís apareció montada en una moto blanca con franjas azules.
Se abrió otra vez la persiana, la misma por donde entramos antes, dejando que la mujer saliera fuera del muelle para desaparecer de mi vista.

El semáforo

NOTA.
Este relato es totalmente independiente de los demás.

Luz roja, un minuto más tarde, luz verde y la roja se apaga. Luego sólo la luz ámbar y a los pocos segundos, otra vez salta a la luz roja. Sigue su juego de luces.

La lluvia lo tiene empapado, ni tan siquiera sus viseras lo protegen de las húmedas gotas que caen con tal la intensidad que es difícil distinguir los colores.
El viento sopla, sopla sin cesar, lo azota de un lado y luego del otro, haciéndole bailar al son de su música sin dejar de mostrar sus iluminadas intenciones una y otra vez.

Luz verde. Carcasa amarilla y rota por la parte inferior, sin ningún reparo en mostrar sus intimidades a todo el mundo, prácticamente hueco en su interior e iluminado con el color de una hermosa pradera.

Luz ámbar. Con grietas en su lente y prácticamente rota, deja entrever su transparente y encendida bombilla.
Baila y baila sin parar.

Luz roja. Añora la pasión de los primeros días. Ahora, destiñe un vago recuerdo de su pasado.

El viento sigue azotándolo caprichosamente hasta tal punto que no lo soporta más y cae.
Sigue cayendo, arrastrado por el viento hasta que impacta contra el suelo y se rompe en dos. Pero no se queda aquí, una de las partes se arrastra por el suelo hasta impactar contra la pared de un edificio. Allí se sumerge entre el polvo y los escombros. En el olvido.
La otra mitad sigue su recorrido calle abajo, dejando atrás su mitad. Cada vez se aleja más y más hasta donde alcanza la vista. Esperando encontrar a su mitad en el olvido.

Luz roja, luz ámbar, luz verde. Que bonito recuerdo del cercano pasado.

La huida

NOTA.
Es recomendable leerse primero el post:
- No hay nada como una noche tranquila.

Fuimos directos a la puerta de entrada de mi apartamento corriendo a toda velocidad, a duras penas conseguía aguantar el equilibro con cada paso que daba. Ella seguía tirando de mi, agarrándome del brazo con su mano izquierda, notando como apretaba y me clavaba sus dedos.
Extendió su brazo, luego lo dobló por el codo, cerrando la mano en un puño y usando su antebrazo como un escudo. Del cual este impactó en la maciza puerta de roble y la rompió en mil pedazos.
De un movimiento en seco, me abalanzó contra la pared del pasillo exterior del apartamento, ella se quedó a mi lado, también contra la pared y en ese instante oímos un ruido, parecido a la explosión de un artefacto pirotécnico y un fogonazo.
 
- No hay tiempo que perder, ¡en marcha! –. Dijo sin mirar que había sucedido.
- ¿Qué ha sido ese ruido? ¿Y la luz? -. Le pregunté asustado mientras la miraba con los ojos abiertos como platos mientras ella reanudaba la marcha.
- Nada del otro mundo, era una granada plástica, una trampa que se usa para la capturar de presidiaros sin herirlos -. Hizo una pausa, antes de puntualizar. – En teoría -.
- ¿A qué te refieres con, en teoría? -. Dije mientras la seguía. Pasamos delante de la entra de mi apartamento. Miré en el interior y vi el comedor cubierto por una espuma blanca, parecía que había nevado en el salón. No dejaba ni un rincón al descubierto.
- Sólo te diré que ha habido personas que han muerto ahogadas por culpa de esa arma -. Su voz sonó áspera y resentida, por lo que no quise preguntarle nada más, por lo menos, por el momento.
 
No sabía quien había sido, ni el motivo de aquel ataque, pero sea quien sea, nos quiere vivos.
Bajamos por las escaleras, por recomendación de ella, decía que el ascensor era una trampa para ratones. Me dirigí a la entrada principal del edificio cuando ella me agarró por el brazo, tirando de mí, dándome indicaciones que fuéramos por la puerta de atrás.
Tenía la impresión que ella estaba tensa, caminaba con pasos firmes y se detenía cerca de cada esquina o puerta, escuchando antes de reemprender el camino. Yo me mantenía en silencio, atento mientras la seguía sin saber porqué, había sucedido todo tan rápido que me dejé llevar sin darme tiempo a meditarlo.
 
Alcanzamos la puerta trasera y salimos al callejón. Era estrecho, pero lo suficientemente amplio para poder caminar por el. Giramos a la derecha y seguimos andando.
Al salir del callejón, cruzamos la calle, al edificio de enfrente, yo miré a ambos lados y detrás de nosotros y nadie nos seguía. ¿Por qué no nos siguen? ¿Porqué no intentan capturarnos como antes, en mi apartamento?. Pensé mientras seguía mirando alrededor y siguiéndola a ella.
 
- Nos están estudiando, nos tantean -. Contestó ella verbalmente a mis dudas mentales.
- ¡Ah! -. Le dije confuso como respuesta, mientras nos deteníamos en la puerta de un almacén abandonado y junto a esta, una persiana metálica castigada sin piedad por el paso del tiempo.
 
La pelirroja abrió la puerta sin dificultades, subió el escalón y entró en el almacén.
Mientras lo hacía, observaba el movimiento de sus piernas, sus lujuriosas curvas se movían con tal sensualidad que podía despertar el instinto salvaje de cualquier hombre. Me imaginaba tenerla entre mis brazos jugando y oliendo su pelo, acariciando su sedosa piel mientras la recorría con la yema de mis dedos, cada una de sus curvas sin excepción.
Entonces fue cuando oí el ruido estridente de la persiana levantándose, era tan agudo que me dolía los oídos, no pude evitar poner una mueca de dolor mientras soportaba aquello. Por suerte no duró mucho, a mitad de su recorrido se detuvo. Entonces fue cuando oí el ruido de un motor, un pura sangre como me gusta llamarlos. Aquel sonido atrajo por completo mi atención. Entonces, me acerqué al hueco que dejó la persiana al levantarse y justo al mirar en su interior, una luz me cegó, no pude ver nada. Sólo el ruido del motor acercándose a mi lentamente mientras yo me tapaba los ojos con la mano y esperaba a que se acercara.
Entonces fue cuando lo vi.
 
- ¡Joder! -. Exclamé perplejo. Aquella mujer salió con un Lamborghini Reventón, parecía nuevo, impecable, precioso, era de un color tan oscuro que la mismísima oscuridad lo envidiaría.
- Sube, nos vamos de aquí -. No me lo pensé dos veces cuando me lo dijo, sencillamente pasé por delante del deportivo mientras mi mano recorría las agresivas formas del frontal de aquel vehículo.
- ¿A dónde vamos? -. Le pregunté feliz mientras no dejaba de mirar el coche. Sabía que estaba sonriendo como un tonto, pero no me importaba.
- Por ahora los vamos a despistar –. Al instante que terminó de contestarme, ella aceleró de tal forma que el motor del Lamborghini pareció rugir como si fuera el mismísimo diablo enfadado, chirriando las ruedas posteriores mientras ella giraba el volante hacia la izquierda para tomar la carretera.
 
No tuve tiempo ni para agarrarme que, incluso sentado, perdí el equilibrio y me estampé contra la puerta del coche. Aquella noche me dolió la mejilla.

No hay nada como una noche tranquila

NOTA.
Para seguir el hilo de este relato, es recomendable leerse primero el post:
- Un día como cualquier otro.

Llegué a casa a la hora de la cena, no tenía mucha hambre debido a los nervios que cogí en el tren. No me sentía animado para hacer nada ni tan siquiera quería encender la luz, veía más que suficiente en la penumbra. Mientras andaba me dirigí a la cocina atravesando el comedor, conocía perfectamente la distribución del mobiliario, podía recorrerlo con los ojos cerrados.
Cuando llegué a mi destino abrí la puerta de la nevera, su luz me cegó por unos instantes, giré la cabeza intentando evitar esa intensa luz mientras mis ojos se habituaban al contraste. Al cabo de unos segundos volví a girar la cabeza y me acordé que el frigorífico lo tenía prácticamente vacío. No le di más importancia, sencillamente estiré la mano y cogí lo primero que palpé. Era una caja pequeña con tacos de queso cortados. La abrí y empecé a comerlos, mientras cerraba la puerta del frigorífico y volvía al comedor para estirarme en el sofá y mirar algún programa que hicieran en la televisión antes de irme a la cama.
Casi me atraganté con el queso cuando la vi.
Tardé unos segundos en reconocerla, la tenue luz que entraba de la calle me hizo pensar que estaba fundida con el sofá, como si fueran la misma pieza del mobiliario de mi apartamento.
 
- ¡Tú!, ¿otra vez?… no… ya sabes donde está la salida -. Dije enfadado mientras me sentaba en el sofá, comía y buscaba el mando del televisor para encenderlo y distraerme un rato mirando algún programa, en aquel momento estaba demasiado furioso para tener miedo de ella y demasiado cansado para preguntarle que quería. Acababa de llegar después de mi recién experiencia ferroviaria y aún me temblaban las manos.
- ¿No te alegras de verme? -. Me dijo en un tono burlón, ella seguía sentada en el sofá dando la espalda a la ventana y esta a la calle. – ¿Ni tan siquiera un poquito? -. Insistió con su tono. Desde que me senté no la volví a mirar, seguía mirando la televisión y comiendo, imaginaba su perfecta y dulce sonrisa mientras me miraba con sus azules y eléctricos ojos. Disfrutaba preguntándome, ni tan siquiera lo ocultaba con una ironía.
No se cuanto tiempo pasó desde que la vi, puede que cinco o diez minutos, pero al final me rendí, la curiosidad pudo conmigo.
- ¿Qué quieres? -. Mi voz sonó exhausta y rendida.
- Lo que te di hace más de medio año, recuerdas?.- giré la cabeza de golpe para clavarle mis ojos en los de ella y ver como la mujer tenía la cabeza sutilmente ladeada, su sonrisa desapareció y sus ojos se abrieron más de lo habitual, de manera casi imperceptible. En aquel instante podía leer perfectamente su mirada. Se sorprendió por mi reacción, el hecho que no supiera de que estaba hablando.
 
Entonces ella sacó un tubo gris, metálico y pequeño de su bolsillo. Empezó a darle vueltas con los dedos de una mano. – ¿Quieres que te refresque la memoria, gatito? -. De inmediato me acordé de a que se refería. El dolor que noté en mi nuca aquel día, era producto de ese objeto. – Has acertado -. Ella sonrió.
- ¿Qué he acertado? -. Dije mientras pensé en su comentario,  me dejó perplejo.
- Que este objeto metálico lo usé para inyectarte una sustancia hace tiempo y ahora necesito recuperarla -. Dijo con su voz más sensual y tranquila. Entonces abrí los ojos como platos y pensé que ella podía leer mi mente. – Como la de cualquier humano, sois como un libro abierto, fáciles de leer -. Sonrió mientras guardaba el objeto metálico en sus pantalones.
- ¿Pero… o sea… quieres decir que… porqué yo? -. Balbuceé sin saber que preguntar, ni por donde empezar, tenía tantas dudas en mi cabeza que me saturé.
- Tus preguntas serán respondidas a su debido tiempo, ahora debemos irnos. ¿O a caso crees que tu aventura en el tren de esta noche ha sido por “accidente”?. Ellos saben quien eres -. Su rostro cambió de expresión, frunció las cejas y dejó de sonreír, su voz mostró su lado más firme y tajante.
- No entiendo nada y no veo motivo para creerte, es más, no se ni porqué sigues aquí, llamaré a la policía y les cuentas lo que quieras -. Cogí el móvil de mi bolsillo y empecé a marcar el número de emergencias.
- Morirás esta misma noche si te quedas, seguramente ellos ya sabrán donde vives y si todavía no te han cogido es porque estoy aquí contigo -. Se levantó, vino hacia mi, cogió mi teléfono móvil y con una sola mano, apretó cerrando el puño por completo y rompiéndolo el teléfono con una facilidad asombrosa. Luego se limpió la mano tirando los restos al suelo. – El tiempo se acaba y mi paciencia también. Hace tiempo te dije que hacías un favor a los Nah’lok y todavía hoy lo haces, te necesito, la sustancia que te inyecté es lo que me hace falta para terminar con el sufrimiento de todo un planeta.-. Suspiró.
Acto seguido oí el ruido de un cristal rompiéndose, ambos miramos que sucedía. De la calle entró una especie de esfera con luces, no más grande que una pelota de tenis. Aquel objeto empezó a pitar, cada vez con tonos más cortos y agudos.
- ¡Corre! -. Dijo ella gritando y agarrándome por el brazo, mientras tiraba de el con tal fuerza que me levantó del sofá y me empujó hacia la entrada de mi apartamento.

El elefante y el cenicero

NOTA.
Este relato es totalmente independiente de los demás. 
 
Érase una vez, un elefante que caminaba felizmente por la senda de un bosque. El mamífero irradiaba pura felicidad y una inocencia jamás vista. El animal observaba todo lo que le rodeaba y experimentaba con todo. Desde oler una preciosa margarita, sentir la fresca brisa recorriendo su cuerpo, hasta detenerse y contemplar el paso firme y seguro de una hormiga que se cruzaba en su camino mientras hacía alarde de su fuerza transportando una enorme hoja.
 
El elefante quería aprender cada minúsculo detalle de todo lo que le rodeaba. Para él, el tiempo era abstracto y carente de valor, pensaba que podía aprender todo sin importarle el tiempo que necesitase. Cuando vio pasar la hormiga, reanudó su trayecto sin saber que algo le llamaría la atención por encima de todo.
Algo le sorprendió, un destello, un reflejo provocado por el juguetón del sol hacía aquel objeto de que estaba en el suelo, delante de él. Su innata curiosidad hizo que sus patas tomaran posesión de su cuerpo y se movieran hacia aquel objeto, acercándose para comprobar que era. Mantenía su cara de asombro y de expectación, mientras la ladeaba sutilmente y sostenía su trompa rígida, sin terminar de creerse lo que veían sus ojos. Aquel destello no le dejaba divisar con claridad, hasta que el sol dejó de centellear picaronamente sobre aquel objeto e incrementó su sorpresa cuando descubrió lo que era. ¡Un cenicero!.
 
Aquello no sólo era un objeto de cristal, sino que contempló estaba boca abajo y además, percibió que en su interior contenía un cacahuete. Su alegría fue inmensa cuando avistó aquel apetitoso majar. Su trompa fue descendiendo lentamente, acercándose al cenicero y en el preciso instante en que lo iba a tocar, este corrió varios metros alejándose del animal y llevándose consigo el preciado comestible.
El elefante, estupefacto, parpadeó varias veces mientras se le abría la boca sorprendidamente, siguiendo el recorrido del cenicero con la mirada y de cómo se llevaba el cacahuete consigo. Manteniendo esa misma expresión facial, el cuadrúpedo volvió a acercarse al cenicero y a su preciado tesoro, pero este inició su marcha cuando el elefante lo hizo, manteniendo las distancias y la velocidad.
 
El elefante se exasperó al ver que el cenicero no cedía, por lo que aumentó su velocidad y a su vez el cenicero actuó de la misma manera. Ambos empezaron a correr, uno detrás del otro. El cacahuete que transportaba el objeto de cristal daba vueltas en su interior como si estuviera poseído, divirtiéndose de participar en aquel espectáculo. Hasta que el mamífero pisó su trompa, haciéndole perder el equilibro y dándose de bruces contra el suelo. Se quedó inmóvil, con los ojos cerrados y con una mueca de dolor.
El cenicero se detuvo en seco, daba la impresión que contemplaba al pobre elefante en el suelo y se acercó a él lentamente. Primero se puso justo enfrente de el, luego a un lado, luego al otro con movimientos pausados y calmados. Pero el elefante no reaccionaba.
  
El cenicero se detuvo otra vez, sólo un instante, para volver a correr enfrente del cuadrúpedo que estaba tumbado. Dibujaba círculos y figuras geométricas en el suelo, haciendo alarde de su agilidad y mofándose de la torpeza del animal. Cuando de pronto el elefante alargó la trompa justo en la trayectoria del cenicero, haciendo saltar el  pequeño objeto por los aires y también su valiosa carga que llevaba consigo. El cenicero cayó al suelo y se quedó al descubierto, estaba del revés y no podía darse la vuelta por si mismo para seguir corriendo.
El elefante se incorporó, miró al cenicero arqueando sus cejas y suspirando. Luego buscó el cacahuete, lo recogió con su trompa y siguió andando por el sendero mientras masticaba aquel suculento regalo y movía su cola alegremente.
 
De repente se detuvo, su cola dejó de moverse, el mamífero parecía una estatua, nada lo alteraba. Cuando al cabo de unos segundos, el cuadrúpedo dio un par de pasos para darse la vuelta, giró su cabeza y miró en dirección al cenicero, que seguía en el mismo sitio donde lo dejó, entonces se le dibujó en su boca una orgullosa sonrisa. Volvió sobre sus pasos para seguir andando por el sendero, movía su cola con total felicidad y siguió observando todo cuanto le rodeaba.

Un día como cualquier otro

 NOTA.
Para seguir el hilo de este relato, es recomendable leerse primero el post:
- Encuentros. 

Seguía absorto por mi lectura, el libro que leía hacía desconectar mis otros sentidos, atrayéndome por completo y haciéndome perder la noción del tiempo mientras sentía como éste se detenía. No se cuanto tiempo pasó, desde que me pude sentar en el tren, después de una jornada de trabajo, y abrir el libro por la página por donde lo había dejado esta mañana, pero algo me despertó. Confundido miré a mi alrededor y vi como los demás pasajeros hablaban entre ellos hasta el punto que el murmullo se hizo constante.
 
Empecé a notar cierta agitación colectiva cuando oí que el maquinista no se había detenido en la estación anterior y tampoco se detuvo en la siguiente que justo habíamos dejado atrás. Con los años que llevo haciendo el mismo trayecto, de casa al trabajo y del trabajo a casa, esta era la primera vez que ocurría algo extraño. Sentí como todo mi cuerpo se petrificaba, un escalofrío lo recorría sin dejar ningún rincón, por insignificante que fuera. El pánico se apoderó de mí al igual que a los demás pasajeros. Pensé en qué me ocurriría si chocase el tren o llegase a final de la línea.
Observé los rostros de las personas que tenía alrededor, como el pánico se reflejaba en sus ojos. Algunos lloraban, otros rezaban y otros no se movían por el terror y el shock que sufrían. Un hombre se acercó a la puerta de la cabina, mientras hacía esfuerzos para mantenerse en pie, por culpa de las sacudidas del tren en cada curva.
  
- ¿Está ahí dentro? -. Dijo gritando mientras aporreaba histérico la puerta. – ¿Me oye? -. El silencio fue su única respuesta.
 
 Sin pensármelo dos veces, me puse en pie y fui directo a la puerta de la cabina, sujetándome en los respaldos de los asientos para no perder el equilibrio.
Cada paso que daba sentía que el tren aumentaba de velocidad, el sonido de las ruedas metálicas en contacto con la vía se hacían cada vez más intensas, ensordecedoras y provocaban una reacción en los pasajeros de gritos y afirmaciones tan negativas que desanimarían al mismísimo diablo. No obstante, seguí firme en mis convicciones, quería salir vivo de allí y la única idea que me rondaba por la cabeza era desde los mandos de la cabina.
 
- Nadie responde -. Me dijo el hombre que instantes antes aporreaba la puerta.
- ¡Es igual, apártate! -. Dije en un tono severo y autoritario mientras me sujetaba al respaldo del asiento que tenía más cerca, levanté la pierna para descargar toda mi furia y adrenalina, cerca del pomo de la puerta, para hacer saltar el cierre y entrar. Pero el tren giró sutilmente en una curva y me hizo perder el equilibrio sin darme tiempo a golpear la puerta. Recuperé la compostura y volví a arremeter contra la puerta, esta vez gritando histérico mientras mi pié conseguía destrozar el cierre y este saltar por los aires.
 
- ¡Lo has logrado! -. Dijo una voz femenina detrás de mí, con cierto tono de sorpresa, mientras entraba en la cabina. Una vez dentro, vi al conductor, un hombre de avanzada edad con cabellos grises como nubes furiosas y preparadas para desahogar sobre todo aquel que se atreviera a seguir en la calle, echado encima del panel con la mano derecha sujetando una palanca.
- Esa es la palanca -. Dije en voz baja y totalmente convencido, siguiendo mi intuición y sin tener ni idea de cómo funcionaban todas aquellas luces y botones. Fui directo a apartar la mano del mando y tirar, pero la mano estaba tan firmemente sujetada a esa vara que me tuve que emplearme a fondo para dejarla libre.
 
Acto seguido, moví el mando hacia mi recorriendo toda la trayectoria que permitía, miré hacia delante y observé. No pasó nada, ni tan siquiera se redujo la velocidad. Mi respiración se aceleró, volví a mirar la palanca, pero esta no daba más de sí, luego miré al conductor que tapaba todo el panel y no dudé en apartarlo, tirándolo al suelo sin ningún pudor para poder observar completamente el cuadro de mandos para encontrar algún indicio de me dijera que podía detener el tren por algún medio.
No podía aguantar más la angustia y el estrés de aquella situación, empecé a tocar todos los botones y ninguno daba señales de ningún tipo, parecía que nada hacía reaccionar le tren.
Con mis puños empecé a dar golpes encima del tablero mientras gritaba encolerizado, mis ojos no pudieron resistir la situación humedeciéndose por las lágrimas que empezaban a aparecer, cuando de repente un pensamiento pasó por mi cabeza.
  
- ¡Accionar el freno de emergencia! -. Grité con todas mis fuerzas mientras seguía mirando el cuadro de mandos, aferrándome a la idea, a la esperanza que funcionase y nos librase de un impacto seguro.
Di media vuelta y miré al hombre que estaba junto a la puerta, el mismo hombre que la aporreó un instante antes. – ¡Junto a la puerta lateral, accionar el freno! -. Volví a gritar señalando fuera de la cabina mientras miraba a los ojos de aquel hombre, de pié y quieto como si fuera una estatua. – ¡Ahora, mueve el culo! -. Le insistí.
Al momento sentí una sacudida que me volvió y casi me hizo golpear la cabeza contra el cuadro de mandos. No comprendí que pasaba hasta que noté como el tren reducía la velocidad. Una inmensa alegría llenó mi cuerpo, me quedé atónito mirando por el cristal, observando como tanto el paisaje como mi corazón se movían cada vez más lento, mis músculos se relajaban y mi respiración se ralentizaba hasta que el tren se detuvo por completo. Volví a recuperar el aliento.
 
Grité de alegría mientras veía una luz delante del tren, parecía una estación y no estaba muy lejos. Avisé a los demás de mi hallazgo para que se pusieran en marcha y fueran a pie por la vía, mientras me arrodillé junto al conductor para comprobar su pulso. Estaba muerto, no me extrañó pensar en un ataque al corazón, pero el motivo del fallecimiento se encargaría los forenses.
Me dirigí a la puerta lateral para salir del tren y antes de bajarme me fijé en el freno de emergencia que había a la altura de mis ojos, sonreí al pensar que alguien me había oído o se le ocurrió esa idea.
Bajé del tren de un salto, suspiré mientras me relajaba y andaba hacía la estación, pensando en lo ajetreado del trayecto y las ganas que tenía de llegar a casa.

Encuentros

Ahí estaba ella, sentada en el sillón, fumando un cigarrillo y apuntándome con una pistola. Sus ojos azules clavados en los míos, con un temple y una mirada tan fría que podría helar hasta la médula. Me ponía más nervioso ella que el arma que sujetaba.
 
Toda ella era preciosa. Alta, de curvas sensuales y firmes, de cabello rojizo y sutilmente rizado como las llamas de un fuego, de ojos tan vivos que te hipnotizaría haciéndote perder la noción del tiempo.
Cualquier hombre se sentiría atraído por ella, si no fuera porque saltarían las alarmas en tu interior avisándote que no te acercaras, pero no les harías caso porque el riesgo y la emoción te dirían que siguieras adelante.
Su cigarrillo se mantenía firme, sujetado por su mano izquierda mientras su codo descansaba en el apoyabrazos del sofá. La otra mano, relajada y sujetando el arma, la tenía en el otro apoyabrazos, mientras sus piernas se mantenían cruzadas con tal sensualidad que volvería loco al más cuerdo.
Mientras, yo estaba de pie contra la pared entre ventana y ventana de mi sala de estar, oyendo los helicópteros de la policía recorrer mi apartamento y sus focos apuntando desde la calle a mis ventanas iluminando toda la habitación. A esas horas de la noche la luz que entraba era la que dejaban pasar las persianas, dibujando haces de luces horizontales por las tres paredes de la habitación. La iluminación restante era tenue como la más tétrica obra de terror jamás escrita.
 
La mujer me miraba desde su cómodo asiento, sus ojos me estudiaban como si pudiera leer mis pensamientos. Había algo extraño en ella, fuera de lo común, lo presentía pero no sabía qué era. Por no decir que la angustia no me dejaba pensar con claridad, ni ordenar mis pensamientos. Mi corazón latía tan rápidamente que creía que saltaría de mi pecho y saldría corriendo.
Desde la calle se oía a la policía decir por megafonía que se rindiera, que todas las salidas estaban cubiertas. Me hacían dudar de si conocían mi presencia, el rehén que ella había conseguido. Miré al suelo, cabizbajo y pensé que lo único que quería era que terminase ese infierno.

- ¿En qué piensas? -. Su voz sensual me despertó de mi cavilación.
- ¿No entiendo qué haces aquí, qué quieres? -. Le contesté con voz temblorosa.
- Nada especial, hago turismo -. Su cara mostró una sonrisa burlona.
 
Me dio mucha rabia su sarcasmo, esa falta de escrúpulos y sentimientos, hasta tal punto que iba a abalanzarme sobre ella cuando de repente se levantó, acercándose a mí y estirando su brazo derecho para apuntarme el frío cañón su arma en mi sien. En ese instante me helé, sentí cómo mi corazón se detuvo, esos segundos parecían eternos.
Apartó la mirada para tomar otra calada de su cigarrillo y exhalarlo lentamente mientras observaba como el humo se expandía por todo el salón.
 
- Tranquilo gatito, no querrás que haga tiro al blanco contigo? -. Dijo orgullosamente.
 
Me quedé inmóvil mientras me agarraba por el cuello de la camisa, dándome media vuelta y empujándome a la ventana. Al principio no entendí qué hacía, pero luego me di cuenta que me usaba como escudo mientras ella observaba por la ventana. Yo hice lo mismo, miré por entre las hojas de la persiana a la calle.
Al cabo de unos segundos, noté un dolor punzante en el cuello mientras ella me sujetaba con firmeza.
 
- ¡Ah!, ¿Qué haces? -. Le dije dolorido.
- Estás haciendo un favor a los Nah’lok y no te haces a la idea de su importancia -. Susurró mientras me apartó de la ventana haciéndome caer al suelo. De repente me sentí aturdido, la mujer siguió de pie mirándome mientras se guarda un pequeño tubo metálico en la parte posterior de sus pantalones que marcaban perfectamente su atlética silueta.
- Será mejor que no te resistas -. Me dijo con voz sensual.
- ¿Qué me has hecho?.- Le grité, pero no obtuve respuesta.
 
Horrorizado, me di la vuelta y me dirigí arrastrándome a la salida, cruzando todo el salón, sintiendo como todo mi cuerpo cada vez pesaba más y mis músculos dejaban de obedecerme hasta tal punto que no pude moverme.
Entonces oí unos pasos al otro lado de la puerta y en pocos segundos vi como se rompió en pedazos. Conseguí reconocer a la policía entrando en mi casa, con sus armas apuntándola y gritándola que no se moviera. Acto seguido, perdí el conocimiento.
 
Según me contaron, estuve varios días en el hospital, en coma. Los médicos no sabían que había sucedido para que estuviera en aquel estado.
Cuando recuperé el conocimiento me hicieron muchas preguntas, tanto la policía como los médicos, la verdad es que de lo único que me acordaba era de aquella mujer en mi apartamento.
Los días pasaban y me sentía feliz por haber dejado atrás aquella horrible noche. Pensaba en lo que había sucedido mientras me encontraba sentado en la terraza de un bar, tomándome una fría cerveza, observando como la gente iba en barca en el estanque que tenía delante, los patos chapoteando en el agua y disfrutando del estupendo día que hacía.
Eché la cabeza hacía atrás, cerrando los ojos para sentir el sol acariciándome la piel y balanceando la silla, con el único apoyo de las dos patas traseras. Esto era de las pocas cosas que me relajaban y me hacían sentir vivo.
 
- Hola gatito -. Reconocí esa voz, me asusté tanto que perdí el equilibrio y me caí de espaldas al suelo. – No sabía que fueras tan divertido -. Sonrió alegremente.
- ¿Qué haces tu aquí? -. Le dije mirándola con los ojos abiertos como platos y sin moverme.
- Sólo quería decirte que no digas nada más a nadie de lo que sucedió o te aseguro que haré prácticas de tiro contigo -. Yo balbuceaba sin saber exactamente que quería decirle. – Recuerda que te estaré observando -. Acto seguido se levantó y se fue.
 
Me incorporé rápidamente mirando a mi alrededor pero no la vi por ninguna parte.  No entendía nada de lo que había sucedido.  Pagué mi cerveza y me fui de allí.
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